jueves, 4 de julio de 2013

Capítulo 14.

Tras el abrazo de aquel singular chico, el primero que abrió las puertas de bienvenida a la ciudad a Bitner, parecía que ambos padres estaban menos tensos. Aún así, su madre, apunto de ponerse a llorar, no cesaba de murmurar maldiciones. Su padre, intentando mantener la compostura, miraba nervioso a todos los lados.

Ya no sabían que hacer. Creían que esta pesadilla acabó, ni se les ocurrió pensar que podría resurgir, como las llamas entre cenizas. Ella era consciente pero estaba incosciente. Se encontraba como un trozo de cristal, arañado pero que aún mantenía su forma. ¿Quién sería capaz de hacerla añicos? Si ella era una chica fuerte, o esa era la apariencia que trataba de dar, aunque se estuviera muriendo por dentro.

‘Duerme dulce princesa’

-Despierta Bitner, despierta. –murmuraba el médico sin cesar de darle golpecitos en la cara, ella de vez en cuando habría los ojos pero caía rendida por el sueño de nuevo. Ella intentaba despertar, pero había algo que se lo impedía, algo que la aprisionaba y que no quería dejarla ir.

Había un gran bullicio a pesar de que se encontraran en una sala de urgencias, palabras con timbre nervioso, e incluso desesperado.

‘Princesa...’

-¿Dónde estoy? –fue como un grito, Bitner se incorporó de pronto en la camilla en la que había estado durmiendo la última hora. Ahora eran los brazos de sus padres, fundidos en un cálido abrazo, los que no la dejaban moverse.

-No vuelvas a dormirte, cariño –murmuró su madre, asustada.
-Te lo prometo mamá. –dijo Bitner, decidida mientras se sentaba a un lado de la camilla para dejar los pies colgando, iba descalza y se podía ver la cuidada pedicura de tonos marrones de las uñas.

Bitner miró también en busca de su padre, no estaba.
-Ha ido a por algo de beber. –contestó su madre, como si la estuviera leyendo la mente.
-Vale.

En ese momento llegó su padre, con un zumo y un vaso. Ella ansiaba por ver la etiqueta del zumo, pero su padre vertió el líquido en el vaso y se lo dio. ¿Y cómo sabría ahora ella las calorías? No espera, no debía obsesionarse, era un zumo. Un maldito zumo. Líquido. Se lo bebió de un trago, sin martirizarse más.

-No nos vuelvas a dar un susto así. –señaló su padre, con voz dura y terca. –O ya sabes. –terminó diciendo mientras daba golpecitos a la camilla. Su hija asintió con rapidez, quería irse, lo ansiaba.
-Ha estado aquí Héctor. –murmuró su madre sentándose en la silla azul de espera. Parecía que iban a estar aquí un largo rato, maldición, el olor la enfermaba.
-¿Qué le ha pasado? –preguntó ella en un susurro, casi asustada.
-Acompañaba a una chica desmayada, con él iban un chico y una chica más.
-Ah. ¿Puedo ir a buscarle? –pidió ella sin esperanzas. –Me vendrá bien despejarme. –en realidad lo que quería era salir de allí, las cuatro paredes en las que se encontraba atrapada señalizaban la locura y a la vez arrepentimiento, era un sitio que la hacía ser pesimista.
-Ve.

Abrió Bitner mucho los ojos, ni reaccionó al principio. Se frotó dos veces los ojos y se bajó de la camilla, calzandose sus zapatos. Salió casi corriendo. ¿Por dónde empezar?

-¡Doctor Martínez! –exclamó al ver por allí a un conocido suyo. -¿Ha visto a un chico con rizos? Iba con otro chico más y una chica, ¡ah! Y otra chica desmayada.
-Bitner, supongo que no puedo decir que es una alegría verte. –dijo el esbozando una pequeña sonrisa. –Sí, estan una planta más arriba.
-No diga nada. –sonrió ella.

Subir escalones, el zumo la había dado fuerza. Tal vez sus padres vertieran alguna medicina extraña en el tetrabrik del zumo. Tres, dos, un escalón, ya estaba arriba. Vio enseguida a Héctor, pero, ¿cómo una imagen podía doler tanto?
 

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