Hace ya un tiempo, una noche de verano.
-Estoy temblando.
-¿De frío?
-No.
-¿Entonces?
-De miedo.
La conversación se había desarrollado en pequeños susurros pero había quedado grabada en las cabezas de ambos. El lugar no tenía nada de especial, estaban sentados en un banco a las cuatro y veinte de la mañana.
Diez minutos antes.
-¿Alguien viene a ver las estrellas?
La chica que se tenía que haber dado por aludida permanecía callada, se sentía pequeña al lado de aquel chico, pero terminó cediendo.
Ambos subían en silencio unas terribles escaleras de piedra, usando la linterna del móvil de ella, los mosquitos se arremolinaban a su alrededor, la rozaban, la daban pánico. Cuando al fin llegaron al dichoso banco y se sentaron, subieron la vista.
-Bonitas ramas.
-Si te fijas también se ven las estrellas.
-Pero hay que fijarse mucho.
-Ya. -ambos sonreían en la oscuridad.
Entonces él pasó a la frágil chica el brazo, acariciando tiernamente sus marcadas clavículas. Atrajo el cuerpo de ella hasta su torso desnudo, relucía con la luna que asomaba entre las ramas de los pinos. Daba la sensación de estar en un mundo aparte, apenas escuchaban a sus amigos gritar y estaban a pocos metros.
No hacía frío y menos en esa situación, pero ella temblaba y cometió el error de decirlo en voz alta.
Después de aquel pequeño diálogo, él comenzo a hablar de sus miedos; la muerte, la soledad, perder a gente querida... ¿Y si ahora ella le decía que no le temía a morir?, ¿qué ya se sentía sola y sabía como afrontarlo?, ¿qué había ido perdiendo a esa gente poco a poco y apenas le quedaba a quien aferrarse?
Ella tenía miedo a cosas materiales, a las medusas de las playas del mediterráneo, a engordar, a no valer lo suficiente, a la verguenza pública, a desaparecer...
-Miedo, ¿a qué? -preguntó él.
Ella después de meditar la respuesta y rectificar. -Tal vez no es miedo, a lo mejor es frío. -Ella misma dudaba, era una de las noches más calurosas, se acurrucó en el torso desnudo de él. En esos momentos, se sentía protegida. -Gracias Jaime... -murmuró, y por miedo a molestarle si se movía, iba conteniendo la respiración de vez en cuando, en su cabeza solo escuchaba un 'no respires más Bitner, tienes que desaparecer', entonces apretaba más la cabeza al pecho del chico.
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